Hay una impertinencia, generalmente duplicada por un afán ofensivo, al inmiscuirse desde la derecha en los asuntos de la izquierda. Me ha pasado, recorriendo la cuerda política desde el otro lado. Hay otra posibilidad: puede estar en el ánimo de provocar una reflexión que el adversario no es capaz de hacer, si no se le entregan los elementos desde la vereda de enfrente. Sin embargo, uno puede estar también agradecido del impertinente, si la simplificación ofensiva deja paso a un trabajo honesto de reconocimiento a lo que uno puede aportar.

Arturo Fontaine se pasea por todos los escalones de ese recorrido, que va desde la irritación y la resignación ante el otro, injusto e intratable, hasta el reconocimiento, al menos humano –no político–, de ciertas virtudes referidas a la compasión y a la poesía que serían características de la izquierda. No hay un reconocimiento político, porque toda validación de la izquierda implica una autocrítica que la derecha chilena, al parecer, no está dispuesta a hacer.

Michel Foucault es la cita matriz del artículo de Fontaine. Él es una de las evoluciones posibles de las ideas de izquierda en el mundo. No es la única, no es una autoridad y, sin embargo, es sin duda parte de la tradición de la izquierda. Es un gran avance que un escritor de derecha recurra a Foucault, porque establece un terreno de lenguaje y de preocupaciones compartidas sobre el cual podemos conversar. Dicho crudamente, se agradece que un hombre de derecha haya leído, aunque sea con parcialidad.

Foucault fue un gran investigador y un pensador único respecto de los abusos de poder. Investigó la relación entre el orden social y el tratamiento a la locura; entre el arte, el conocimiento y las construcciones carcelarias. Fue un gran activista y un persistente denunciante de las complicidades del conocimiento académico con las distintas formas de avasallamiento social y político de las libertades individuales. Fue un defensor de la sociedad en contra de todas las formas de policía. Fue, asimismo, un gran libertario atrapado entre las hipocresías del liberalismo, los desbordes sociales neofascistas y las tendencias policiales de toda forma de Estado.

 

Foucault representa el punto en que los intelectuales anarquistas se encuentran con los libertarios conservadores y retroceden, ambos, espantados ante su reflejo. Ese punto en que nos miramos de soslayo y nos reconocemos en el adversario, es lo nuevo de este último par de años de movimientos sociales y políticos en el mundo. Ese es el punto del colapso y la traición. Este es el momento en que los desprendimientos unidos de las derechas y las izquierdas son mayoría y eligen a Trump. Es el momento de preguntarnos si es bueno eliminar la distinción de izquierda y derecha o si es más seguro y más honesto conservarla.

Peter Sloterdijk –otra derivación del pensamiento de la izquierda europea de los sesenta– afirma que ‘la social democracia es el Estado’. En otras palabras, que la sustentación institucional de los mercados, la regulación de una efectiva libre competencia, junto con la distribución social de los bienes público, todo lo que crea las condiciones para una vida económica libre y moderna, es un producto del socialismo. Sloterdijk hace esta afirmación en un libro en el que propone avanzar hacia un sistema de recaudación de impuestos basado en la voluntariedad. Quiero decir que, incluso las propuestas más auténticamente liberales sobre la construcción de instituciones modernas, surgen de las derivaciones y actualizaciones del pensamiento socialista.

A la simplificación derechista le gusta detenerse en la socialización de los medios de producción, que era una de las coordenadas de la izquierda de hace cincuenta años.

Actualmente, el problema de la izquierda y de la sociedad es cómo evitar que el aire, la tierra y el amor sean tratados como ‘medios de producción’. Ya sabemos que, en la medida que los economistas declaran un bien como escaso, lo sustraen de la libre disponibilidad y dan lugar a su acaparamiento.

El desdén intelectual que manifiesta Fontaine es recíproco. Es un sentido común en la cultura de la izquierda señalar que no existe algo así como un pensamiento de derecha. Algunos publicistas de derecha dan pie a esa creencia.

Pensar en la sociedad que queremos construir es desde un primer momento planificarla. Mejor evitémonos pensar sobre el tema y dejemos que los mercados tracen el curso óptimo de la historia”.

Sin duda, un punto de encuentro importante en lo que sugiere Fontaine es la preocupación por separar el Estado Policial del Estado de Bienestar. Pero, para lograr esa conversación, es necesario que se sitúe en Chile y no en ejemplos que no forman parte de la trayectoria ni del carácter de la izquierda chilena.

Es en Chile que se aplica esa condescendiente ‘consecuencia indeseada’ del Estado Policial: en la dictadura y en la región mapuche, donde el Estado oscila entre el diálogo y una militarización igualmente carentes de convicción y de competencias.

Fontaine acusa a la izquierda de querer sacar de cuajo el modelo. ¿Cuál es el punto en el que ‘cuaja’ el modelo? ¿En verdad no se han dado cuenta de que la raíz, la operación y el destino de su modelo eran la violencia de Estado? Desde el momento en que asumió la Concertación, el cuajo del modelo fue destruido. Desde que aparecieron fuerzas sociales que podían oponerse a los dictados del Estado –y de las empresas a través del Estado–, el modelo desapareció. Desde que ahora entendemos que, sin la ocupación militar, el modelo expropiatorio de las AFP jamás habría sido posible (no ha sido posible como imposición total en ningún país), desde que los sindicatos empezaron a levantar la voz, el modelo se terminó.

Quedan, han permanecido todos estos años, las rémoras del autoritarismo y la falta de disposición de la derecha y de los políticos para debatir sobre la naturaleza, distribución y los efectos del poder en la sociedad; el único problema que le importaba a Foucault.

La Concertación, la Nueva Mayoría y el Frente Amplio son todas manifestaciones de esa izquierda descalificada por utópica o por populista. A la derecha, en cambio, se la reconoce por su chato apego a lo establecido, al statu quo, al rechazo de la imaginación y del atrevimiento. La derecha es el lugar de las disciplinas económicas, pero no es el lugar de los emprendedores.

La izquierda que cunde, gran expresión de nuestro escritor, complementa bien el título infantilizador de la pieza: la izquierda tumultuosa. La que le echa con la cundidora, la entusiasta, la que “comprensiblemente” llora a los desplazados. Esa izquierda que debe entenderse, ella misma, como la suma de los desplazados por la destrucción creativa, esa izquierda llorona, juguetona y caprichosa, diseñada por Fontaine, no es la que desafía a la sociedad chilena para construir una convivencia más compasiva. ‘Comprensiblemente’, la compasión no tiene lugar en el avance de los que están apurados en perseguir sus propias victorias de opereta.

Es una izquierda bien intencionada, generosa, libre, entretenida, justiciera, inteligente y provocativa, pero que entiende que la política es autoexpresión. La política, entonces, es un cauce para expresar la indignación moral, la rabia, el descontento, la frustración, los sueños”.

La izquierda es autoexpresiva, sí; tal como la derecha es narcisista y autoerótica, según la describe el filósofo coreano Byung-Chul. La izquierda sería entretenida, en oposición a la derecha seria y profunda –como una garganta–. La democracia sería latera, porque es representativa y la representación es de derecha.

Se olvida, nuestro escritor liberal, que la representación democrática fue conquistada por la izquierda en contra de la derecha (¿se acuerdan?). La democracia no es puesta en duda por la izquierda que cunde. Lo que pide la izquierda viva, la que queda fuera de la caricatura de Arturo, es reajustar la distancia entre soberanos y representantes. Pide participación social y ciudadana, en el marco de ampliaciones de la democracia representativa.

En todas estas caracterizaciones de la izquierda por la derecha hay autocomplacencia y desprecio. Hay una incapacidad que es, además, una intolerancia para plantearse los problemas de la gente como problemas políticos.

Según esta caricatura, solo a los populistas se les ocurre tomar en serio y salir a las calles por el reclamo de bajas pensiones. Solo a los populistas se les ocurre pedir sanciones importantes y ejemplares contra las colusiones de la Papelera y los abusos de La Polar. Solo a los populistas –aunque sigan en esto a los suizos– se les puede ocurrir pedir iniciativa legal popular y derecho a revocar a autoridades fraudulentas. A los populistas se les ocurre pedir que se transparenten las recaudaciones por impuestos al consumo o que se ordene el Transantiago según la prioridad de respetar el tiempo de la gente.

El fantasma que recorre el mundo es doble: es el reencuentro de las culturas agrarias y ecologistas, junto al olvido de la humanidad y la entrega de la libertad a manos de una automatización del mundo. Es el sueño de la derecha de un orden que cuide sus privilegios sin cuestionamientos ni filtraciones.

Hay una indecencia argumental constitutiva de la derecha y que consiste en la identidad, aceptada sin examen, entre sus intereses y las representaciones del bien público. Esto lleva a la naturalización o, si se quiere, a la automatización de la ley del más fuerte.

Lo siento, Arturo, vas a tener que volver a concursar.

Tu malla analítica no permite entender de dónde surgen las pulsiones sociales de izquierda que reclaman mayor justicia. Es necesario un esfuerzo mayor. Aprender a mirarnos de una manera que excluya tanto la descalificación como la asimilación. La Concertación que defiendes no es tu derecha. La derecha chilena es una que olvidó los orígenes revolucionarios de su cultura y que hoy se complace con instituciones conservadoras y una defensa inconsecuente de las rentas monopólicas.

Para entendernos, es necesario reconocer el papel del otro, como otro, extraño, en el plan de diversidad sobre el que queremos construir el porvenir.


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