“Para el 27-F yo sentí el terremoto, pero nunca pensé que vendría el mar. Arranqué con lo puesto, una camisa de dormir, mientras el agua me llegaba a las rodillas. Lo de ahora, al menos, avisó, porque diez días antes veíamos que podía venir el fuego, pero no alcanzamos a sacar nada”, dice Cecilia Correa, quien perdió hace siete años atrás sus enseres de la casa que arrendaba en el balneario Lipmávida, en Vichuquén.

Ahora, viviendo en Huiñe, también en Vichuquén, las llamas volvieron a despojarle, esta vez: su casa.

“Pero en el tsunami al menos pudimos sacar las fotos que estaban flotando; ahora son nada en medio de todo eso”, comenta por su parte su marido, Juan Araya.

Según consigna El Mercurio, de 1.400 casas siniestradas por el fuego, entre el 10 y el 20% (140 a 280) corresponden a familias que ya habían resultado damnificadas en 2010.

Es el caso de Pedro Álvarez, pequeño empresario viñatero de Marchigüe. “El terremoto fue distinto. La casa, que era de adobe, se cayó por la mitad, pero al menos me quedaron las camas y otras cosas. A los dos meses me empezaron a dar palos y planchas de la municipalidad, y ya estaba construyendo. Ahora no nos quedó nada de nada”, declara.

Juana Padilla y su esposo Luis Becerra han sido víctima tres veces: en los terremotos de 1985 y 2010 y en el incendio que afectó La Gloria, poblado ubicado en Pumanque.

“Es nuestra tercera tragedia. Nunca pensamos que iba a suceder. Las casas del 85 y de 2010 eran de adobe, de campo. Tuvimos que meter todo nuestro esfuerzo, 19 años de ahorro, para finalmente construir esta, más sólida, porque pensábamos que era la casa que les íbamos a dejar a los hijos. Ahora todo es ceniza. No tengo un recuerdo de mis hijos cuando pequeños. Ni fotos, sus cuadros de licenciatura, o de cuando se habían casado. Nada”, dice Padilla a el matutino.

Recuerda que las llamas llegaron el martes desde el fundo San Antonio, en Nilahue-Baraona. En cosa de minutos, el fuego bajó como un lanzallamas, comenta y agrega: “Fue en un minuto. Todo un esfuerzo que se fue en nada. Hay que aceptar. Supongo que son pruebas que Dios nos manda. No nos queda más que tener fuerza y seguir adelante”.

“Fueron 19 años de esfuerzo que se perdieron en un minuto. Pasamos de 250 m2 de casa a tres carpas de plástico… Pero nos tenemos a nosotros”, concluye la mujer.


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