Es entendible el resentimiento de cercanos a Lagos por como el PS lo archivó, con mayor razón habiendo “compañeros” escudados en el voto secreto. Con todo, no sorprende el desdén.

Así comienza la columna de Alfredo Jocelyn-Holt, quien repasa el historial electoral y político del ex Presidente Ricardo Lagos.

Su mal récord de candidato es bien sabido desde cuando quiso ser rector de la UCh y no se la pudo; también desde la senatorial contra Zaldívar y Guzmán (el 89) y en las primarias contra Frei (el 93); cuando apenas pudo ganar la presidencia el 2000; cuando el 2009 taponeó a Insulza e igual terminó desistiéndose (¿el mismo juego de perro del hortelano que dejara fuera a Isabel Allende?). Eso en cuanto a viabilidad electoral, apunta le historiador.

En cuanto al récord político, dice que no le faltan flancos débiles: el papel que tuvo trayendo a Pinochet de vuelta de Londres; el espiral de corrupción que comienza en su gobierno en tándem con sus excusas (la tesis del “Jarrón” y el intento de minimizar el asunto estimándolo “hojarasca insustancial”); la operación de salvamento de Insulza y Longueira, su mandato en ascuas (acuerdo que alguien debiera destapar); lo del CAE y el Transantiago; la reforma a la Constitución que se probó insuficiente, promulgada con inusual pomposidad; el haber inventado a Bachelet sin perjuicio de la condescendencia que ha mostrado después para con ella (también con Soledad Alvear a fin de ungir a Bachelet), consigna La Tercera.

El autoritarismo con que se revistió el consensualismo de la transición, continúa el historiador, y que el personaje produjera suspiros en la derecha empresarial -“adalid de la civilización occidental” (D. Gallagher), “el presidente más de derecha de Latinoamérica” (A. Navarro), “amado” por banqueros (H. Somerville)- tenía que pesar tarde o temprano. Por tanto, lo del “dolor” que le producen los socialistas no reconociéndolo como uno de ellos suena a que no se hace cargo de sus ambivalencias. Ahora, es cierto, la decisión del PS puede polarizar el espectro, y sería de lamentar que así fuera, pero, ¿alguien duda que ello no ocurre hace rato?.

Por último, afirma que las beaterías en política no sirven. Los sinceramientos, en cambio, aunque brutales, demuestran que ésta no tiene por qué ser siempre hipócrita. La historia, a la larga, los agradece: permiten explicar incluso sus canibalismos.


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