“No la vi, pero me la contaron” sería la frase correcta sobre un hecho de la exitosa serie de TV “House of Cards”. En ella, un programador crea un sistema informático que, analizando la vida digital de los votantes, pudo descubrir cómo impactaba cada noticia en el electorado bajo estudio, e influenciar así el curso de la elección. “Sé lo que quieres oír, pero eso no es lo que necesitas”, algo así como “tengo este discurso, pero si no te gusta, tengo este otro”. Todo esto en la ficción, aunque ya sabemos qué hoy los vínculos entre la ficción y la realidad es un tema de plausibilidad.

Con las herramientas existentes de análisis de datos y big data, es bastante fácil conocer en detalle quiénes somos y cuáles son los gustos y patrones de un electorado particular. Podemos – por ejemplo – saber cómo nos movilizamos (uso de tarjetas bip, pagos de pórticos de autopistas concesionadas, uso de sistemas integrados de bicicletas o movilidad con aplicaciones de taxis). También es relativamente fácil saber qué temas le interesa a determinado grupo (datos de twitter, Facebook, uso de internet). Incluso al refinar y cruzar varias bases de datos, podemos sacar un perfil bastante acabado de cierto público. Todo en el marco legal de lo que está permitido.

Volviendo a nuestro país y a las campañas políticas, podemos encontrar nuestra propia serie de TV y sus dos incómodos protagonistas: Acá, uno es el señor “no sabe/no responde” y otro el señor abstención (65%), según las últimas elecciones municipales. Algo que no pueden explicar las encuestas tal como se están aplicando.

Lo que resulta de esto es una gran paradoja: Si bien hoy es cuándo más herramientas tenemos para saber bastante de las personas, ningún partido ni candidato ha sido capaz de representar a la mayoría del electorado (el 2013 votó el 49,36% de los habilitados para votar). Tenemos un gran porcentaje de la población que no se representa con nadie, pero que constantemente, por todo lo dicho anteriormente, deja huella de sus preferencias y problemas cotidianos. Cuando en Chile la inscripción era voluntaria y el voto obligatorio votaban, en promedio, casi 7 millones de personas. Hoy, que la inscripción es automática y el voto voluntario, adivine, votan casi… 7 millones de personas. Ciertamente, la población entre 1993 y 2013 aumentó de 13,1 a 16,5 millones (20%), por lo que el electorado de entonces (el que concurre a las urnas) comparado con el actual y si hubiese seguido constante debió pasar de 7 a 8,4 millones. Sin embargo, cayó a 6,7 millones el 2013. En suma, hay un 20 a 22% de baja en la tendencia histórica del interés por votar en el último cuarto de siglo. Pensar que se puede movilizar más allá de eso es un trabajo arduo, pero son los candidatos y candidatas de todo orden los que deben ponerse manos a la obra si piensan en captar el interés de los que nunca han votado.

En nuestro país aún no se usan las herramientas de big data en elecciones políticas, en su máximo refinamiento, sofisticación y despliegue, aparte de cosas menores como publicidad de candidatos en redes sociales. En el Estados Unidos de la vida real, no de las series de TV, estas herramientas se usan hace tiempo, existiendo incluso la capacidad de que un candidato ponga énfasis en alguna parte de su discurso para un electorado particular y omisiones para otros votantes, bajo un perfil controlado. Estados Unidos es demasiado grande y culturalmente complejo para peroratas únicas. Si alguien desea saber algo más de esto googlee a Rayid Ghani.

En Chile, si bien la crisis de representatividad es harina de un costal demasiado entramado, el uso de herramientas de big data podrían ayudarnos a saber con mayor certeza qué le aqueja efectivamente al electorado, y qué los podría empujar a salir de su indiferencia y finalmente ir a votar.

Hoy en el país, la oferta agregada de la política –izquierdas y derechas unidas- apenas moviliza a un 37% de electores (municipal 2016), pese a que el 63% que no vota deja rastro por todos lados de sus verdaderos problemas. Nadie, pese a hablar de participación y programas, ha sido capaz de estructurar toda esa información, darle forma y generar un llamado verdaderamente convocatorio.

Se supone que un partido o un candidato deben tener sus principios y propuestas, por lo que el uso del big data podría poner la foto para saber cuánta cercanía hay entre esas propuestas y la realidad.

Más de alguien ha criticado el uso de herramientas de análisis big data, asociándolas a una especie de demagogia travestida o tecno demagogia, afirmando que el uso de éstas convertiría a la política en discursos vacuos, plagados de frases que quieres oír sólo para conseguir tu voto. Ello puede ser verdad, lo que depende exclusivamente de la ética del compromiso que tenga el candidato o partido en cuestión y no del instrumento.

Una cosa es cierta: los discursos vacíos y las promesas fáciles ya dominan la política, hasta el punto de desprestigiarla completamente, sin que se haya usado ninguna herramienta de esta naturaleza para ello. De tal manera que sería injusto culpar al análisis de datos de la frivolidad de ciertos políticos. Este no es un problema de la técnica, sino de la falta de probidad pública del candidato o candidata.

* María José Arredondo

CEO de EyC Data.



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