Tras más de 500 partidos defendiendo la camiseta de Pumas, el símbolo y capitán auriazul se fue de CU, su casa.

En la época actual, cuando se habla de Pumas, de inmediato se relaciona el nombre a Darío Verón, un hombre inquebrantable, aguerrido y con un corazón inmenso por el que únicamente circulan los colores azul y oro. Un símbolo y máximo e ídolo de la afición, pues fue un imponente defensa central, que durante 14 años defendió a muerte y como pocos la camiseta auriazul, es que es grande no sólo por su belleza sino también por lo que significa en el futbol mexicano.

Darío

Más de 500 partidos portó como pocos la camiseta auriazul, ganó cuatro títulos de Liga MX, un campeón de campeones, un Trofeo Santiago Bernabéu y un sin número de reconocimientos fueron el legado de un auténtico capitán felino.

En el futbol actual es bastante complicado hacer carrera en un sólo equipo, pues un semestre malo puede costarte la salida, situación que jamás sucedió con Verón a lo largo de casi tres lustros, en los que dejó una huella imborrable en el equipo, en el que ya es considerado el mejor extranjero en la historia de la institución y uno de los mejores defensas.

Darío fue consciente de que muy pronto se ganaría el cariño de una de las aficiones más fieles y pasionales de México, pues cuatro días después de su debut oficial con la camiseta de Pumas se paró en la cancha de Ciudad Universitaria frente al América para regalar una de sus actuaciones más memorables.

Darío

Aquel 13 de agosto del 2003, Verón fue clave para entregarle un triunfo a sus seguidores, al marcar un golazo ante el acérrimo rival y causar el delirio de los cerca de 68 mil espectadores que abarrotaron el Estadio Olímpico Universitario.

Verón no necesitó más, pues desde ese momento había comenzado a escribir con letras de oro su historia en una institución acostumbrada a ser semillero de los mejores futbolistas y en donde sólo pueden brillar elementos con personalidad, principal cualidad del paraguayo.

Hoy millones de aficionados auriazules lloran la partida del gran capitán, ese símbolo que dejó de ser un simple mortal para convertirse en una de las más grandes leyendas, que a lo lejos de su mítica casa del Pedregal y con su legendario 4 en la espalda gritará un Goya eterno.


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