Esa tarde de fines de septiembre de 2015, vestido con un pantalón y una polera, mientras su mamá conducía el auto desde el colegio hasta su casa en Ñuñoa, Sebastián no aguantó más.

–¿Por qué me pusiste este nombre si soy una niña? –le preguntó con tristeza a Mónica Flores.

Él, vestido de niño, forzado socialmente a vestirse como niño. Tímido y retraído en el colegio. Princesa y amante de los ponis en su casa, desgarraba una corteza que, a pesar de tener cinco años, lo liberaba.

Ese día, Sebastián –un nombre de fantasía para protegerlo– comenzó su transición.

Lucha de roles

No fue fácil. Por muy esperado que fuera el primer hijo de Mónica Flores (sicóloga) y Gonzalo Araya (ingeniero mecánico), las horas se alargaban y Sebastián no llegaba.

Ya sabían que era un niño, pero la pieza fue adornada como se conserva hasta ahora: muebles de madera natural, neutros. Quizás lo único diferente era el plumón que pusieron sobre la cama: un cobertor azul.

Después de 10 horas de trabajo de parto, a las siete de la tarde, Sebastián lanzó un primer llanto. En su casa lo esperaba una familia cariñosa y un papá ansioso de que su hijo creciera para jugar pronto la primera pichanga, vestido con la camiseta de Chile que le compraría meses después.

Desde ese 28 de septiembre de 2010, Gonzalo no pararía de observar a su hijo y siempre sintió que no era como los demás. Cuando aprendió a sostenerse, le gustaba bailar delicadamente. Cuando Gonzalo subía alguna foto a Facebook, los amigos le ponían corazones y comentaban: “Linda tu niña, compadre”. Y él se detenía a explicar que era un niño.

En una tienda de un mall, cuando Sebastián tenía dos años y medio, por primera vez Mónica y Gonzalo se miraron extrañados por la elección de su hijo que aún balbuceaba palabras.

–Me trae las figuras de los Backyardigans, por favor –pidió Mónica a la encargada de la tienda.

La vendedora llegó con dos representantes de los dibujos animados vestidos de hombre y Sebastián los rechazó.

–¿Hay más figuras? ¿Me las trae todas por favor? –dijo la madre.

Cuando la vendedora regresó, Sebastián sonrió. Quería a Tasha, una hipopótamo amarillo que llevaba un vestido anaranjado.

Siempre pensando que el género es una imposición social, Mónica y Gonzalo no se alertaron, pero sí comenzaron a poner más atención a las elecciones que hacían más feliz a su hijo.

En el jardín infantil Montessori al que asistía, las preferencias de Sebastián se convirtieron en un tema que ya empezaba a asomar.

–Era mucho más femenina y eso se notaba en muchas cosas. En el gusto al momento de elegir un dibujo para pintar, aunque nosotros comenzamos a dejar que escogiera, no queríamos imponer su decisión –cuenta Mónica en el comedor de su casa, flanqueda por fotografías de su hija posando feliz.

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La hija de Mónica y Gonzalo ha hecho muchos dibujos de sí misma. Su autopercepción de identidad no ha variado en el tiempo.

 

Su identidad femenina comenzó a ser más fuerte en la casa. Si había que elegir un rol, ella quería ser hada o princesa.

–Nosotros le decíamos que tenía que ser príncipe –cuenta Gonzalo y se ríe de sí mismo–. Menos mal nos dimos cuenta pronto y no seguimos insistiendo.

Sin embargo, los momentos de no saber qué hacer fueron muchos. Hubo tardes en que no encontraron nada mejor que luchar contra las series de televisión que su hijo elegía y simplemente usaban métodos drásticos, como interrumpir la electricidad.

–Se cortó la luz, ya no puedes ver a los ponis –le decían sus padres con un nudo en la garganta, porque en el fondo sabían que se enfrentaban a lo indesmentible.

Dos años después del nacimiento de Sebastián, Mónica y Gonzalo se separaron, pero él mantiene una relación fluida y cercana.

–Yo llegaba a la casa a verlo, lo agarraba y jugábamos a las luchas –cuenta Gonzalo, que tuvo que aceptar también que eso no estaba entre las preferencias de su hijo.

Un día Mónica le dijo: “A Sebastián no le gusta jugar a las luchas, solo lo hace por agradarte, pero no lo siente realmente”. Ambos se dieron cuenta de que su hijo comenzaba a sufrir en una identidad que él no autopercibía.

Cuando Sebastián estaba por cumplir cinco años, la cabeza de Mónica y Gonzalo comenzó a ceder. Una serie de hitos ayudaron en el proceso. En ese cumpleaños, la abuela le regaló un cobertor multicolor para su cama. También era una señal de transición.

El último paseo

El círculo más íntimo de Sebastián siempre se dio cuenta de que algo ocurría, sin embargo, nadie tenía un nombre para ello, hasta que Mónica, como sicóloga infantil, fue a una exposición de Andrés Rivera, consultor internacional de Derechos Humanos e Identidad de Género, que en 2007 se transformó en la primera persona transgénero chilena en obtener cambio de nombre y género legal. “Esto es lo que le pasa a mi hijo”, supo de inmediato Mónica.

En abril de 2016, después de una serie de preguntas a sicólogos y expertos en el tema, los padres tomaron una decisión y realizaron una demanda por cambio de sexo y género de Sebastián. La acción judicial llegó hasta el Séptimo Juzgado Civil de Santiago. En el tribunal pidieron pericias. Entre estas, la más importante fue la de una sicóloga forense del Servicio Médico Legal que analizó palabras, dibujos, a los padres, al niño por separado. Todo duró cerca de seis horas, exhaustivas.

En la conclusión de la psicóloga infanto juvenil, fechada en julio de 2016, se lee que el comportamiento de Sebastián era sostenido en el tiempo por más de seis meses. “Esto ha causado persistentemente en la niña, ansiedad y angustia, produciendo un detrimento significativo en su funcionamiento social y en el contexto escolar, el que, sin embargo, ha mejorado en el tiempo, gracias al buen abordaje y tratamiento que los padres le han dado al tema, tanto en el ámbito familiar como escolar”.

En el último párrafo del documento, la experta escribió: “Se observa que Sebastián está desarrollando una identidad sexual y una identificación de género femenina, no existiendo algún tipo de patología siquiátrica que interfiera en realizar la rectificación en su partida de nacimiento”.

Después de esa luz verde, los antecedentes fueron derivados al Registro Civil y, casi a fines del año pasado, Sebastián se convirtió en una niña.

A pesar de la comprensión que les habían pedido en el colegio para realizar el proceso de transición lo más lentamente posible, para poder explicarlo al resto de los compañeros y apoderados, en el paseo de curso de fines de 2015, Sebastián había explotado por segunda vez.

–¡Esta es la última vez que me pongo este traje de baño! ¡Ya no quiero esa ropa en mi clóset!

Los padres hablaron con el colegio y aceleraron el proceso.

–Además que ya hace rato hablábamos de mi hija. Yo la llamaba por el nombre de mujer que ella misma escogió. Cuando llegaba del colegio ella se cambiaba de ropa y se ponía vestidos. Yo salía así a la calle con ella. Iba al médico, a la feria, sin saber si me encontraba con algún apoderado que me cuestionara. El estrés era enorme. Yo iba a buscar a mi hija al colegio y la llamaba por su nombre femenino, en la casa ya había dejado de ser Sebastián y ella me retaba, nerviosa, con miedo de que alguien escuchara –cuenta Mónica.

Fueron meses de estrés. De mucho estrés.

Un mes antes de comenzar la demanda por cambio de género, en marzo de 2016, la niña llegó a su curso, ya no como Sebastián.  Todos recibieron a su compañera y, de paso, fue un proceso de crecimiento. “Nos sirvió para que nuestros hijos vieran lo que es ser transgénero y que su compañera merecía todo ese respeto”, comentan los apoderados del curso.

Defender la identidad

Pocos meses después de que el tribunal le otorgara una nueva identidad, Mónica se enfrentó a un balde de agua fría. Por casualidad, se entero de que un abogado había interpuesto una querella por prevaricación: es decir, acusaba al juez que había tomado la decisión de aceptar el cambio de Sebastián, de haber sido arbitrario e injusto.

–Él, con su querella, nos obliga a que algo que es totalmente íntimo y privado se exponga. Con qué derecho se mete en nuestras vidas, en la de mi hija, cuestiona nuestras habilidades parentales y, además, se siente con el derecho de decir qué es lo que a ella le haría feliz –cuestiona Mónica.

En la querella por prevaricación, el abogado José Tomás Henríquez, de la Corporación Comunidad y Justicia, alega que quien dictó la sentencia –el secretario Luis Fernández, en su calidad de juez suplente– asume que el diagnóstico de “el menor de edad” es certero  y permanente.

“El querellado sabe que la ley exige la concordancia entre el nombre de la persona y el sexo de la misma, de forma que no es posible cambiar el texto expreso de la ley. ¿Cómo salva ese problema? En vez de rechazar la solicitud, como habría correspondido conforme a derecho, el querellado procede a ordenar la modificación del sexo registrado, de forma de ir en contra del texto expreso de la Ley 17.344, que solo contempla la posibilidad de modificar el registro del nombre, más no del sexo. No solo no existe autorización de parte de la ley para ello, sino que además constituye una orden de inscripción de un hecho falso, toda vez que el sexo del menor no ha cambiado ni ha podido cambiar”, argumenta.

El abogado Henríquez, vía e-mail, defiende su punto de vista: “Nuestra organización está enfocada en hacer respetar el Estado de Derecho. La acción legal deducida es una de las tantas herramientas de control de legalidad y juridicidad que tienen los ciudadanos, en este caso para fiscalizar la labor de los jueces. En concreto, vemos que un juez falló deliberadamente ignorando el texto expreso de la ley. Esto es activismo político-judicial, pues se hace una presión indebida sobre el Poder Legislativo (en un tema sobre el que se está legislando) y se desconoce evidencia empírica sobre la abrumadora mayoría de niños (en el orden del 80 a 95 por ciento) que resuelven sus confusiones de identidad sexual antes de llegar a la adolescencia, sin intervenciones externas. En caso alguno nuestro objetivo con esta acción judicial es una intromisión en la vida privada de ninguna familia, pues con la querella no se alterará en nada lo que ya se ha decidido. Será responsabilidad ética de la prensa no introducir esa cuestión en este asunto. Confiamos en que no lo harán y respetarán la vida privada de esta familia”.

En su correo electrónico, a nombre de Comunidad y Justicia, también señala que conceder un cambio de nombre y sexo a un niño de 5 años implica una apropiación de poderes que el derecho no otorga al juez y, si el mismo falla sabiendo esto, entonces prevarica y causa un daño a todo el Estado de Derecho.

La querella presentada en abril de este año en contra del juez suplente –actualmente con licencia médica– enrabia a los padres de la niña, no solo por su caso en particular, porque la sentencia no se puede revertir, sino porque creen que esto implica una presión sobre los tribunales. “Si alguien quiere hacer lo mismo que nosotros, en este país donde la Ley de Identidad de Género está en el Congreso hace 4 años, esto es un amedrentamiento a los jueces. Y eso no puede ser”, dicen Mónica y Gonzalo, mientras su hija permanece totalmente alejada de esta pelea y los argumentos del abogado Henríquez.

Desde marzo de 2016, cuando llegó con su nueva identidad a la sala de clases, es más feliz. Las profesoras incluso comentan que dejó de ser retraída y silenciosa. Ahora baila, comparte, grita, se desenvuelve con soltura. El primer día de clases llegó vestida con una falda, un cintillo y el pelo un poco más largo.

En su último cumpleaños, sus amigas más cercanas le regalaron un cobertor de Barbie.



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